UN AMOR ANCESTRAL

 


Luis les cuenta a sus nietos una leyenda que ha pasado de generación en generación, sobre la enemista que existía entre los dioses Quilotoa y Toachi. Como Pachacamac, creo al cóndor, para vigilarlos y a su vez él se enamoró de una linda mujer del páramo.

Hace miles de años donde hoy es la laguna de Quilotoa, en la parroquia de Zumbahua, existía una planicie desértica e infértil. Hasta esta planicie descendía el dios Quilotoa, quien era considerado el rey de las erupciones volcánicas de todo el mundo.

Esa planicie era el lugar preferido de la deidad, quien jugaba todos los días, con él fuego que emanaba de las manos. 




Un buen día inexplicablemente, comenzó a brotar agua de la tierra, y se fue llenando la planicie hasta que se apareció de hay el dios Toachi. Desde ese momento se inicio una feroz y larga batalla entre Quilotoa y Toachi. En esas interminables batallas, siempre destruían todo lo que estaba a su paso.

La gente cansada de esa guerra que no se terminaba, le dijeron al dios Pachacamac, que interviniera, el cual creo al cóndor, un ave sagrada de los Andes, el cual fue elegido para vigilar a los dioses Quilotoa y Toachi.

El cóndor sobrevolaba e informaba a Pachacamac, si las dos deidades comenzaban a pelear.

En uno de los vuelos diarios que hacía el cóndor, en el páramo observo a una linda joven que se encontraba con su rebaño de ovejas pastoreando, el cóndor quedo hechizado por la joven, el cual decidió transformarse en un pastor y de esa manera acercarse a la joven, la cual al ver el pastor también se quedó prendada de amor de él, y desde ese momento siempre se encontraban en ese sitio y a la misma hora.

Un día el pastor decidido contarle a la joven que el era el cóndor, y si le gustaría ir a surcar el cielo con él, a lo cual ella respondió que sí, se transformó en pájaro, y juntos surcaron el cielo, la mujer se enamoró de esos hermosos paisajes, de la libertad que no conocía hasta ese día, de sentir el viento en su rostro.

El guardián de los cielos la llevo hasta su nido que quedaba junto a la laguna del Quilotoa, donde decidió convertir a su amada en un hermoso cóndor, como él. 

Luis, concluyo diciéndole a sus nietos, que desde ese momento hasta la actualidad han sido los guardianes del cielo, del páramo.














 



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